En un mundo cada vez más globalizado y homogéneo, el patrimonio histórico-artístico y cultural valenciano, de nuestras tradiciones y lengua, es el único que nos diferencia como pueblo y nos otorga singularidad. Por eso es esencial protegerlos no solo físicamente, sino también librándolos de manipulaciones e interpretaciones interesadas que conducen a su adulteración.
La legislación española, los convenios internacionales suscritos y las recomendaciones de organismos como la UNESCO o el Consejo de Europa sirven de base a la Ley 4/1998, de Patrimonio Cultural Valenciano; que, realmente, trató de integrar todas las ideas que circulaban en ese momento en materia de patrimonio y sobre las que había un amplio consenso. Supone, por, consiguiente un buen instrumento de partida; aunque, en muchos casos, no ha dejado de ser una declaración de intenciones, con incumplimientos flagrantes.
Dado que no se puede proteger lo que no se conoce y aunque se ha hecho mucho en los últimos años gracias, sobre todo, a las posibilidades de integración que ofrece Internet, se precisa potenciar a nivel local el trabajo de inventario, catalogación y estudio riguroso a cargo de personal especializado como historiadores del arte, arqueólogos, arquitectos, paleontólogos, musicólogos… de cuantos bienes muebles e inmuebles de interés, así como patrimonio inmaterial, se hallan en cada municipio, aunque no hayan sido merecedores de una declaración de BIC o BRL. Esto se hará intentando vencer la natural reticencia y desconfianza de los particulares y coleccionistas y ofreciendo compensaciones como asesoramiento gratuito, garantías en su protección o ayudas económicas a su conservación, habida cuenta de que, una vez inscritos en el Inventario General, estarán sujetos a un régimen especial.
Aunque no sean bienes catalogados, se precisa buscar la protección de los barrios históricos y los hábitats rurales tradicionales, como barracas, alquerías, masías, porches o refugios de piedra seca, en sus contextos productivos, instalaciones industriales e incluso viviendas urbanas de los siglos XIX y XX, para que quede alguna muestra real de cómo vivían nuestros antepasados.
Proponemos una conservación preventiva eficaz de los edificios protegidos y bienes muebles mediante una tutela oficial efectiva, que no espere la denuncia de particulares, asociaciones o medios. Estos bienes deberían ser revisados periódicamente por técnicos asignados a los mismos para detectar y solucionar en un plazo razonable cualquier indicio o riesgo de daño. En un paseo por Valencia podemos apreciar, en muchos edificios históricos, rendijas, humedades, palomas ensuciando esculturas y obstruyendo las canalizaciones de desaguadero y céspedes creciendo. Daños que sería relativamente fácil y económico atajar, pero solo se acaba interviniendo cuando la situación resulta alarmante, siendo mucho más costoso.
En el caso en que sea necesaria una intervención en una obra de arte o un edificio, si bien hay que estudiar caso por caso y buscando el consenso entre los especialistas, se aplicarán, preferentemente, los criterios de mínima intervención, reversibilidad y notoriedad de los añadidos modernos. Los equipos deben ser multidisciplinares, debiendo tenerse en cuenta también a los historiadores del arte, que aportarían unos mayores sensibilidad y criterio histórico a la hora de acometer cualquier intervención. Es preocupante ver cómo las restauraciones de estilo en los edificios históricos están proliferando. Se busca que sean más atractivos y evocadores, pero se crean falsos históricos hasta el punto de que resulta imposible discernir lo que es original de lo que es una reconstrucción, impidiéndose su estudio e interpretación por las generaciones futuras. Un ejemplo de esto son la iglesia de Sant Joan de l’Hospital de Valéncia y su cementerio medieval. Es preferible, en estos casos, que la visión reintegradora se ofrezca al visitante de manera virtual, en un centro de interpretación del monumento, como se ha hecho en el Teatro Romano de Cartagena y su museo, obra de Rafael Moneo. En el extremo opuesto, tenemos intervenciones duras, que consisten en una reinterpretación del edificio desde el prisma del arquitecto, sin ningún respecto por la historicidad del monumento, como representa el caso del Teatro Romano de Sagunto.
Exigimos una mayor ambición a la hora de restituir elementos dispersos pertenecientes a un mismo conjunto, edificio o lugar donde se encontraban históricamente, que es el contexto donde tienen sentido, ya se hallen en distintos museos o instituciones o en manos de particulares y siempre que lo permitan las condiciones de seguridad y conservación de las obras. Si no pudiera hacerse por adquisición o permuta, se podría solicitar su depósito temporal, con las compensaciones oportunas. Reconocemos, en este sentido, esfuerzos importantes como el montaje completo del patio renacentista del Embajador Vich con las piezas que se encontraban en el antiguo convento del Carmen de Valéncia, entre 2005 y 2006. También se va a conseguir la recuperación de las arcadas del palacio del abate del monasterio de Santa Maria de la Valldigna, desde un palacete de Torrelodones (Madrid), en 2007, así como la reposición de la fuente del Tritón, que se hallaba en los Jardines del Real.
Pero aún quedan muchos conjuntos por restituir, como el claustro del antiguo convento de Sant Francesc de Valencia, desmontado en el Museo de Bellas artes San Pío V, que bien podría haberse integrado en su emplazamiento original, en la Plaza del Ayuntamiento de Valéncia; o las piezas pertenecientes a la portada románica de Santo Tomás de Valencia, almacenadas en el Museo Arqueológico Nacional y que podrán exhibirse junto con los tres capiteles que se exponen en el patio del citado Museo de BBAA; o la dispersión de las esculturas barrocas del genovés Giacomo Antonio Ponzanelli, originarias del Huerto de Pontón en Patraix, que podrían reunirse recreando un jardín en un entorno protegido como alguna de las naves industriales modernistas del Parque Central, varias de ellas sin uso.
Es necesario que cada comunidad local conozca y valore su patrimonio histórico-artístico y cultural por medio de campañas de sensibilización, talleres, conferencias, exposiciones…. Solo de este modo estarán protegidas frente a expolios, derribos, etc. Solo si son sentidas como propias serán capaces de mostrarse con orgullo a los visitantes, implicándose en su conservación. Se precisa destacar, en este sentido, el trabajo realizado desde 1971 por el Centro de Estudios Contestanos, promoviendo excavaciones arqueológicas y estudios históricos y etnológicos en Cocentaina, publicando la revista Alberri e incluso adquiriendo un palacio de origen medieval que restauraron para acoger el museo.
Si bien en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo había un mayor interés por la conservación del patrimonio histórico y artístico, como se manifiesta en la prensa del momento, en la actualidad, apenas hay debate, quedando en la esfera de los especialistas. Por eso, se precisa incidir en la educación sobre patrimonio -ya desde la escuela- en cada localidad, promoviendo un debate en el que todos tienen cabida.
De este desprecio hacia el patrimonio nos hablan los crecientes ataques vandálicos en edificios, con roturas de cristales, pintadas, daños a esculturas, robos, orinas… Para evitarlos es necesario organizar campañas de concienciación, sanciones ejemplares, así como incrementar las medidas de seguridad como una buena iluminación nocturna, cámaras de vigilancia, sensores en alarmas, rejas y paneles; así como, en el caso de las esculturas, la sustitución de los elementos más valiosos por réplicas, actualmente, mucho más asequibles que en el pasado gracias a las modernas técnicas de reproducción en 3D y el uso de resinas.
Sobre los graffitis que tanto ensucian nuestros edificios y esculturas, deberíamos plantearnos estrategias como regular el comercio de pintura en spray, prohibiendo la venta a menores de 18 años, registrando el nombre de los compradores, grabando su precio con más impuestos para sufragar los crecientes gastos de limpieza o imponiendo a los fabricantes cambios en su composición química para que puedan ser fácilmente retirados por los servicios de limpieza o restauración.
Vivimos un momento en el que lo que se considera patrimonio histórico-artístico y cultural está creciendo. A las categorías tradicionales se añaden el patrimonio rural e industrial, la arquitectura de los siglos XIX y principios del XX o los valores paisajísticos. Un mayor nivel de educación general, el aumento del tiempo de ocio, el atractivo que ejercen las actividades culturales, la divulgación de los medios y el turismo de masas crean una gran demanda ante la que los recursos públicos son totalmente insuficientes. Se precisa potenciar cada vez más la implicación de la sociedad, en forma de mecenazgo, facilitando que empresas, particulares, asociaciones o fundaciones tomen la iniciativa. Hay ejemplos notables, como el de la Fundación Hortensia Herrero, que ha llevado a cabo la restauración de la decoración pictórica de la iglesia de Sant Nicolau de Valéncia, así como la política cultural de algunos bancos y cajas de ahorro, que adquieren y restauran obras de arte y edificios e incluso organizan exposiciones. Mucho menos potentes económicamente, en Chelva llevan 30 años reconstruyendo, en madera tallada, el monumental retablo barroco de su iglesia, que fue destruida en 1936; buscando fondos, por ejemplo, en un mercado de objetos dados por los propios chelvanos. También puede contarse con la ayuda de voluntarios como, por ejemplo, pensionistas para mantener abiertos y mostrar edificios históricos y museos, lo cual se ha hecho en Rávena.
La conservación del patrimonio es una obligación, pero también una oportunidad. Los considerables gastos al conservar y rehabilitar el patrimonio no hay que verlos como inútiles ni lujosos, sino como una inversión en beneficios que revierten en la propia sociedad. Y no solo culturales y estéticos, sino también económicos directos e indirectos; mano de obra especializada en su restauración y mantenimiento, turismo, hostelería y artesanía, creando puestos estables que fijan la población rural. A nivel local, se puede dar un uso cultural a conventos, ermitas, iglesias y castillos que no pueden ser atendidos con recursos públicos. Pero, si existen asociaciones y voluntarios locales con un compromiso de apertura, servirían para fomentar el turismo de fin de semana, propiciando actividades culturales y recreativas, redes de restaurantes y hoteles. Se precisa estudiar la cantidad de turistas que puede acoger una población: por el desgaste que supone para los monumentos, el uso de las infraestructuras, los servicios y las plazas de aparcamiento y también por las molestias que pueden suponer para los propios habitantes. Para ordenarlo, se propone el establecimiento de reservas previas.
Conviene dar a los inmuebles una función adecuada para asegurar su mantenimiento. La utilidad de los edificios asegura su conservación a largo plazo. No es deseable convertir los centros históricos en una especie de museo o parque temático para atraer el turismo de masas, dotándolos de un aspecto que nunca tuvieron -caso del Barrio Gótico de Barcelona-, sino que se trata de fomentar barrios atractivos para vivir. Por eso, se debe dotar de líneas de crédito blandas, subvenciones y asesoramiento técnico, con el fin de que las viviendas sean habitables de acuerdo con las exigencias actuales.
Por último, es necesario utilizar los recursos públicos con racionalidad. Por motivos de promoción política, hemos construido museos antes de saber qué contenidos se iban a exponer, como en los casos del Museo de la Ilustración o del de la Ciencia. Hemos asistido también a magnas exposiciones que han servido para lavar la cara a toda prisa a edificios, trasladar obras y editar costosos catálogos que, muchas veces, no han aportado nada.