Decidix

Leemos, en la versión digital del diario Levante, un artículo con el titular “Las universidades rechazan el cambio de topónimo de València: supone una fractura cultural”

La noticia se centra en la nada sorprendente reacción unánime y airada de los dirigentes del Institut Interuniversitari de la titulación de Filología Catalana. Primer error: No son TODAS las universidades; ya que, en Valéncia, hay unas cuantas más. Segundo: Tampoco han protestado estas entidades al completo, sino solo este instituto, que estuvo en contra de la AVL porque solo reconocía al Institut d’Estudis Catalans y ahora la controla. Opera como mera correa de transmisión del trasnochado pancatalanismo político y cultural que nos inunda, subvenciones de Catalunya mediante, desde hace cuatro décadas. Ninguna sorpresa, por lo tanto, en que salgan a criticar el cambio de topónimo propuesto por el Ayuntamiento valentino, ya que el actual y único de “València” supuso un éxito a la hora de consolidar su cliché pancatalanista en el principal topónimo valenciano.
PSPV y Compromís se sirven de su comodín universitario y “científico” para avalarse, sin mayor análisis, dando por supuesto que su sola mención desarbolará cualquier pretensión de cambiar el statu quo, como si nadie supiese que este instituto ha funcionado como un nido del dogmatismo, del corporativismo y de la ausencia del debate que deberían acoger instituciones que tradicionalmente tenían en la libre confrontación de argumentos su principal activo.
En cuanto al topónimo “Valéncia”, corresponde, como numerosos filólogos han acreditado históricamente, a la verdadera pronunciación de los valencianoparlantes. Y esto nos lleva a reflexionar sobre lo esencial: El fin último de un sistema escrito debería ser el reflejo del idioma hablado. La codificación escrita de una lengua habría de ser simple, sencilla y accesible; cercana a la lengua viva de los hablantes, de la que deberían partir los filólogos, sin provocar extrañas e ilógicas distorsiones que solo conducen a la confusión y, en no pocos casos, al fracaso de los estudiantes que deben lidiar con ellas.
La fabricación de un valenciano normalizado basado en directrices foráneas propicia alimentar un lobby alienado y elitista dirigido especialmente por y a los ámbitos más subvencionados, corporativistas e ideologizados de la cultura, de los medios, de la Administración y de la educación, que pretenden excluir el idioma real con el fin de forzar a cualquier persona que quiera acceder a un puesto público o docente a pagar el peaje de sacrificar su lengua para adoptar la fracasada codificación ortopédica que está hundiendo la transmisión generacional del valenciano.
Pero que no se engañen. La realidad es que quienes pasan por el actual sistema educativo conocerán esa ortografía enmarañada e incluso ese vocabulario inducido, pero no los utilizarán en su vida diaria, ya que resultan artificiosos, pedantes y alejados de su realidad lingüística y social. Una verdadera vinculación afectiva al valenciano solo se logrará simplificando las reglas y adaptándolas a la lengua real de los valencianos.
En este sentido, apoyamos, como siempre lo hicimos, revalencianizar el topónimo del Cap i Casal.
Por último, no se conseguirá un cambio de rumbo en la política lingüística oficial (conocemos perfectamente las incoherencias de PP y Vox al respecto) hasta que, superando todas las dificultades señaladas, el valencianismo político representado por Decidix sea capaz de llevar, como hacemos en nuestro día a día, el valenciano del pueblo, sin intromisiones alienantes, a las instituciones.